Yo, que soy de interior, cuando voy a Cádiz en Febrero y paso por el Puente Carranza; que comunica a Cádiz con el resto del mundo-, abro la ventana del coche. Por ella entra el olor a mar de Cádiz, la humedad y frescura de su playa y su luz que lo envuelve todo.
Esto no es sino la antesala del mundo de sensaciones que voy a vivir ese día, que no es un día cualquiera, sino un domingo de coros.
Tras el Puente, la Avenida. Cuatro kilómetros repletos de vida en sus aceras. De vida disfrazada. Andando, en repletos autobuses públicos, o en sus coches, los gaditanos y sus visitantes se dirigen ataviados de su correspondiente “tipo” –disfraz para el resto de lugares del planeta- en una procesión a la que nadie conduce hacia las Puertas de Tierra. Estas puertas, que lucen en la semana de carnaval sus mejores galas, separan a los gaditanos de los beduinos, o, lo que es lo mismo, a los que viven en el casco antiguo de los que residen fuera de él. Y, si todos los días del año son la frontera entre una y otra zona, esta semana son el pórtico de la ciudad del arte, la originalidad, la alegría y las coplas. Atravesar las Puertas de Tierra supone la llegada al epicentro del Carnaval de Cádiz.
Es difícil explicar lo que al visitante le sucede entonces. Se verá envuelto por una extraña sensación de encontrarse como en casa. Todo el mundo es bienvenido. Piérdete por las calles. En las fiestas populares, uno se busca la diversión. En Cádiz se te ofrece en cada esquina. A medida que vamos callejeando y descubriendo rincones y placetas, te encontrarás los tipos más originales y con más arte que puedas imaginar. El gaditano se ríe de si mismo, y así, la diversión está asegurada. En el cruce de dos calles, en una esquina, en la puerta de un supermercado o en una “casapuerta” –portales para los demás mortales- te encontrarás una chirigota rodeada de gente que hará que te olvides de todo lo que había antes del Puente con sus letras, sus tipos, sus comentarios y sus ganas de pasarlo bien por encima de todo. O un cuarteto hará que rías sin parar con su “golpes”. O serás sorprendido por un romancero cuando ya creías que lo habías visto todo y una sola persona puede ofrecerte condensado todo el arte de su ciudad.
Si todos los caminos conducen a Roma, en Cádiz la muchedumbre nos va a conducir por sus calles hacia la Plaza de la Libertad o del mercado. Es allí donde hoy la ciudad vibra más que nunca. Numerosos coros en sus “bateas” –soportes donde los coristas ofrecen sus coplas- giran alrededor de la plaza y de sus aledaños desgranando tangos sin parar, cuplés y estribillos pegadizos que cantan junto al público que los observa participando de la fiesta. Es allí donde la fiesta estalla, donde ya no hay ni gaditanos ni foráneos. Todos participan de momentos inolvidables que hacen de esta fiesta única en el mundo.
Mientras, en la Plaza de las Flores, justo al lado, el olor de las mismas se mezcla con la fritura gaditanas, las tortillitas de camarones, las empanadillas, los erizos, los ostiones y una enorme variedad gastronómica que hace que el reponer fuerzas en un día como éste se convierta en un placer. A la vez que saboreamos esos manjares, uno puede escuchar a las agrupaciones más “punteras” en la escalera de correos, otro lugar emblemático de la ciudad carnavalesca. Y de aquí, de nuevo a perderse: El Palillero, La Plaza de la Cruz Verde, la Calle de la Palma,… da igual, cualquier rincón es una excusa para escuchar coplas y disfrutar de cada minuto de un día único.
Cansado y feliz, con el tipo puesto, cuando vuelvo por el Puente Carranza, cada año pienso que el cielo debe ser… como un domingo de coros.